El 20 de diciembre de 1980 me decidí a viajar al Amazonas, a trabajar
con los padres Salesianos. Un amigo misionero Salesiano, fue el que me
invitó a visitar la Misión Salesiana de Taracuá por tres meses, para
ver si podía soportar toda la vida difícil de un misionero.
Víctor Arias, el amigo que me invitó, marchó unos meses antes y me
prometió hacer las gestiones para que yo hiciera el viaje. Pocos días
después me escribió diciéndome que viajaba a Sao Paulo y que en
consecuencia, mi viaje se pospondría.
Como estaba entusiasmado, visité la Embajada de Brasil y me presenté
como Misionero voluntario. Recibí un trato de parte de la oficina
diplomática muy amable y me facilitaron todo para partir el 21 de
enero. En Panamá hice una escala de siete horas y luego abordé un
avión de Varig, que me llevaría a Manaos, llegué de madrugada. Cuando
llegué a esa ciudad brasileña no tenía a dónde ir, ni conocía el
idioma, pero dichosamente encontré al hijo del gobernador del Estado
de Marañón, quien me llevó a un hotel, para posteriormente llevarme a
la oficina de los Salesianos.
Por esa fecha, había un retiro espiritual de los Salesianos y la sede
estaba completamente llena, por lo que tuve que quedarme con los
nuevos amigos brasileños durante dos semanas, hasta que se me comunicó
que subía un avión de la Fuerza Aérea Brasileña, en el que partiría
para la Misión de San Gabriel de Cachoveira, en el corazón del
Amazonas.
De San Gabriel a Taracuá, hice el viaje remontando el Amazonas en una
lancha de motor, que duró dos días hasta la Misión de Barceló,
distante otros tres días río arriba de Taracuá.
Durante ese recorrido de cinco días tuve muchas experiencias, porque
los indios me miraban con extrañeza. Llegaban a mi lado y tocaban mis
ropas, el cabello más largo y crespo que el de ellos les llamó la
atención y al acercarse me lo tocaban y jalaban.
Al llegar al embarcadero de la Misión de Taracuá, unos indios tomaron
mis maletas y salieron en carrera con ellas. Me asusté, pues pensé que
me las robaban, pero un sacerdote alemán, el padre Edmundo Schulz, me
dijo: "No se asuste, ellos las llevan para la Misión", en tanto, me
condujo hasta la casa en donde habitan los sacerdotes. Tuve, durante
el pequeño recorrido, dificultad para entender lo que me decían, pues
lo hacían en portugués, idioma que hasta esa fecha desconocía.
Detrás de nosotros, unos cien indios entre mujeres, hombres y niños
nos seguían paso a paso y apenas me volvía a verlos, salían en carrera
a esconderse. Uno de ellos, el único que no corrió, se me acercó y con
grandes risas me empujaba y yo hice lo mismo con él y al ver aquel
juego, los demás fueron saliendo poco a poco. Luego supe que aquel
indio se llamaba Casimiro.
En la Misión me asignaron el cuarto número siete. El padre Schulz, me
dio una escoba y se marchó. Aquel cuarto tenía por lo menos cinco años
de no ser aseado y durante una hora barrí y limpié aquello, pidiéndole
a Dios, me diera fuerza para estar allí el tiempo que fuera necesario,
pues fue en ese momento cuando sentí la verdadera dimensión de la
distancia del hogar.
Al lado de la Misión discurre tranquilo el Río Negro, un afluente del
Amazonas, que tiene hasta 25 metros de profundidad en algunos
sectores. Me quedé viendo por la ventana y poco a poco se fue
oscureciendo todo y un rumor que fue creciendo se convirtió en un
torrencial aguacero. Aquel aguacero demostró que las tejas del techo
de mi cuarto estaban en muy mal estado, puesto que el agua pasó y todo
se inundó.
Rato después llegó el padre Schulz y con unos gestos me indicó "que
eso no era nada", me tocó el hombro y se fue. Como a las seis de la
tarde, cenamos un inmenso plato de sopa, plato que sería en el futuro
el único que me llenaría el estómago, pues ciertamente no hay allá en
la Misión una gran variedad de comida.
Aquella mi primera noche en la Misión no fue un adelanto de lo que
sería mi vida en la selva. Muchas veces después, añoré el camastro y
el plato de sopa, cuando tuve que dormir en una hamaca en medio de dos
árboles o alimentarme con la parte posterior de las grandes hormigas
"saubas", o con serpientes cobra, cortadas en trozos, cocidas en
panelas por los indios.
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Es la más pobre de todas las cinco que hay ubicadas en ese sector. La
población es de indios Tucanos, los cuales dominan a los Piratapuyas,
Desanos y Macus (esclavos).
Para que me aceptaran los indios, tuve que pasar un mes aprendiendo
portugués y tratando de relacionarme con ellos. Fue un mes muy difícil
para mí, pues preparé la maleta como cinco veces para regresar, pero
la fuerza de Dios y la gran vocación me detuvieron, otras tantas
veces.
La Misión está ubicada en un claro de la selva, a la orilla del río,
pero su jurisdicción abarca una área que a veces se dura hasta siete
días para llegar a otros poblados, en donde los indios están en un
estado más primitivo que en Taracuá.
En la Misión de Taracuá, hay un sacerdote (el padre Schultz); un
coadjutor, Víctor Arias y un misionero voluntario, que era yo. Además
de eso, cinco monjas de la orden de María Auxiliadora, las que
cooperan mucho con los padres Salesianos.
La aldea tiene una población fija de unos ochocientos indios, pero la
Misión abarca a muchos miles más, dispersos en un radio de 500
kilómetros aproximadamente.
En el mes de marzo se inicia el curso lectivo, en el que se les enseña
portugués y cultura general, incluyendo la enseñanza religiosa, pero
respetando en este caso, la forma de ver las cosas divinas desde su
tradición. Por esa fecha, llegan unos 300 estudiantes de todas las
edades, acompañados por los familiares y muchos de ellos quedan como
internos en la aldea y en la Misión.
Yo tenía a mi cargo 80 internos. En un principio fue difícil, porque
ellos no aceptaban la autoridad de una persona joven, pero poco a
poco, fueron haciéndose amigos míos, hasta que les demostré que les
quería ayudar y ser un hermano, pasando a dormir junto con ellos en un
enorme galerón. Coloqué mi hamaca una noche en ese sitio y me acosté a
dormir; ante la sorpresa de la mayoría que no estaban acostumbrados a
que un extraño compartiera su vida.
El curso lectivo que se inicia en marzo termina en octubre y a lo
largo de todo ese tiempo, algunas veces tuve que dejarlos a ellos,
pues me trasladaban a otros lugares de la selva, donde verdaderamente
el más hombre llora de desesperación.
En uno de mis primeros viajes, rumbo al poblado de Ipanoré, a tres
días de canoa, río arriba del Taracuá, a una temperatura de 43°
grados, y con un frasco de hormigas sabuas como reserva alimenticia,
tuve contacto con mi primera ración de hormigas con pimienta y algunos
pedazos de pescado. Realmente es difícil de narrar aquel cuadro, pues
en el centro de la choza indígena, en una gran cazuela de barro, las
hormigas, el pescado y la pimienta se toman con la mano y los perros
del poblado meten el hocico para comer en igualdad de condiciones que
los seres humanos, pues son considerados miembros de la familia.
Visitando los diferentes poblados, pude apreciar costumbres muy
extrañas. Podría citar por ejemplo a los Yanomami, los que no tienen
cementerio, pues a sus muertos los queman y los huesos son molidos y
mezclados con agua, poción que es dada a tomar luego a todos los
presentes, para adquirir las cualidades del difunto. Un poco de ceniza
de la incineración se le entrega a la esposa, la que es colocada
dentro de la choza y la mujer siempre que entre, llorará a su marido.
Quizá valdría citar otros, como los Maias, que son familia de los
Yanomami, los cuales están en un estado sumamente primitivo. Castigan
severamente la infidelidad entre sus miembros. A los culpables los
amarran en unos palos (a los dos), y son golpeados con unas grandes
macanas por la cabeza, hasta que caen. Luego, los que los golpean, les
echan agua en la cabeza y son golpeados a su vez por otros, hasta que
todos salen en paz y amigos, como si nada hubiera ocurrido.
Las disputas entre familias son corrientes y los padres no tienen
autoridad sobre los hijos. Todos son iguales, de modo que se golpean
entre sí, sin objeción alguna, ya que el núcleo familiar nuestro no
existe ahí. El sexo es desenfrenado. No se puede dejar a una pareja
sola, porque inmediatamente inician la relación sexual y por ejemplo
los domingos, cuando se celebra la fiesta de "Cachiri", toman licor
preparado por las mujeres y se dedican a una orgía en la que no hay
diferencia entre hermanos, padres o hijos, pues todos se dedican con
desenfreno a la promiscuidad sexual. |
En mis noches de descanso, ya en la choza de Taracuá o en una hamaca
en la selva, me pregunté muchas veces: ¿En dónde está la grandeza del
hombre, que es capaz de ir a la Luna, en tanto, millones de seres
humanos viven igual que animales?
Con todo, luego de un año en la Misión, salí satisfecho de la labor
realizada. Ante todo, pude obtener la verdad, que es el servir a los
demás. Muchos indígenas asimilaron perfectamente todo cuanto les
informaba, algunos de ellos decían al final, "yo quiero ser sacerdote,
yo quiero ser misionero, quiero hablar de Dios".
La vida en la selva marca al hombre sicológicamente para siempre, ya
que vive en una constante relación de lo que ofrece la civilización,
del desperdicio de la civilización y remontando el pensamiento hacia
los seres que esperan una ayuda. |
Los indios del Amazonas, como todas las tribus, tienen un respeto por
un ser superior. En algunos casos, por varios seres superiores, pero
gran parte de su vida está dedicada al culto. Así, los indios
Yanomamis, se drogan con un polvo, el cual es aspirado con una
varilla, soplado al otro lado por un indio, con el fin de que la
sustancia entre hasta lo más profundo de la cabeza. Entre más fuerte
lo impulse el otro, es mucho mejor. Luego de eso, completamente
desnudos y drogados, los Tuchavas, sacerdotes de la Tribu, pasan horas
danzando y cantando para alejar los malos espíritus o atraer los
buenos, para que se les depare un buen día de caza.
Así las cosas, todos ellos, de una forma u otra tienen fe en algo y en
cierto modo, eso facilita el mensaje católico, pues se les canaliza
dentro del campo moral, el cual ellos desconocen.
Regresé ya hace varios años, recuerdo mucho aquel trabajo que no tiene
paga ni premio y siento "saudade" (nostalgia) pues en lo intrincado de
la selva, en un mundo que no es muy distinto al de hace millones de
años, percibí el valor del servicio a Dios y a los hombres.
Lic. Juan José Vargas Fallas |